Artículos de Interés General sobre Aviación, Industria Aérea
El planeador ávidamente levanta vuelo anticipando el despegue del remolcador. El cordón umbilical que nos mantiene unidos esta tenso y por un instante corre por mi mente el procedimiento de emergencia a seguir en caso de que se reviente. Pasados 200 pies me tranquilizo pues sé que tendré suficiente altura para regresar a la pista si la necesidad se presenta. Como un caballo desbocado, el aerodinámicamente limpio Schleicher ASK 21 se estremece entre mis manos agitándose sin parar. Mis pies y manos trabajan al unísono en una danza coordinada y un tanto febril para mantenerlo a raya. El aparato es tremendamente responsivo y parece anticipar mis intenciones. Con mano firme y sin vacilaciones, le demuestro quién está al mando.
 
Durante esta fase del vuelo es necesario que me mantenga por debajo de la estela del Piper Pawnee (el remolcador). No debo situarme muy por debajo de su trayectoria, para no disturbar su actitud y comprometer la integridad de vuelo, y no muy a nivel con él para evitar que la turbulencia creada por su estela me sacuda intensamente.
 
El piloto del remolcador mueve el timón de cola de izquierda a derecha para advertirme que estamos a 2.800 pies de altura, nivel en el que comúnmente ocurre la separación de las dos aeronaves. Lo ignoro pues deseo ascender hasta 3.000 pies, donde he observado un halcón planeando perezosamente sobre lo que indica ser una potente onda termal. A la altitud esperada halo la perilla amarilla y con un ruidoso “bang” nos encontramos completamente separados del remolcador. Antes de iniciar el obligatorio banqueo de 45 grados a la derecha, miro brevemente al Pawnee el cual está ya establecido en un giro a la izquierda con el cable colgando a rastras en un descenso apresurado, camino a remolcar otros planeadores.
 
El ASK 21 se siente ridículamente lento y por un momento me siento suspendido en la mitad del aire. Increíblemente, el indicador de velocidad muestra 42 nudos, la Piper Archer que regularmente vuelo entra en pérdida a 55 nudos. -el planeador a 35.- Sin embargo, a estas bajas velocidades, el ASK 21 está en su elemento, mientras que yo, no acostumbrado a ellas, me siento algo cohibido. 

Mis ojos no se apartan del halcón y aunque odio perturbarlo en su dominio, me consuela saber que después de todo él es el perito en esta clase de vuelos y no tendrá dificultad encontrando otra onda termal para continuar su planeo. Yo en cambio necesito recurrir a todos los medios para prolongar mi vuelo y disfrutar de unos minutos más de este espacio en el cual soy forastero.

Momentos más tarde encontramos la onda termal, el variometer se despierta e inmediatamente, con un sonido apresurado, me indica un ascenso de 200 pies por minuto. Segundos después declara 1,200 pies y en continuo ascenso. ¡Wow!

Todo esto ha sucedido en menos de seis minutos. Miro a mí alrededor buscando tráfico. En la distancia veo un Schweizer 2-3 de color amarillo dando círculos cerrados sobre la base de una pequeña montaña, no duda negociando altura. Por un instante cierro mis ojos y respiro profundamente; es difícil explicar lo que sucede en este instante: silencio absoluto sin ruido de motor, dominio total sobre el vuelo, la visibilidad ilimitada. ¡Estoy suspendido en el aire, planeando! Serenamente siento la sensación dentro de mí, muy interiormente en mis bancos de memoria cuando posiblemente en una pasada vida fui un animal prehistórico, (un pájaro, sin duda) ¡Estoy remontado surcando las olas del viento, volando con halcones! ¿Cómo explicar esta sensación intoxicante? Es una impresión cerebral y física al mismo tiempo, acompañada de un nudo en el pecho y una infinita felicidad. Armonía y amor en alas silenciosas.

Muchas veces en la quietud de la noche tratando de conciliar el sueño recuerdo paso a paso vuelos como este, los cuales perduran por horas enteras en mi mente. Desafortunadamente en la vida real no sucede así. En cuestión de microsegundos me recupero del orgasmo mental y mi sanidad vuelve a la realidad respondiendo al lánguido e incesante sonido del variómetro el cual me indica que estamos perdiendo altura. Confirmo con el altímetro y observo por unos instantes cómo la manecilla del indicador inicia su retorno a los números bajos. Pongo en práctica todos mis conocimientos de “piloto de planeador” para robar unos cuantos pies más de altura y persigo a la termal por todos lados, pero es en vano, la he perdido. Me concentro en el siguiente paso no sin antes recapacitar, o mejor lamentar, que tantos mortales nunca sentirán esta experiencia tan única e inolvidable. Planear es sin duda lo más cercano a volar como un ave.

Durante el descenso tengo que contener el poderoso deseo de ejecutar un loop o un roll y me conformo con un par de maniobras comerciales: dos Chandelles y un Lazy Eight. La altura restante no me da para más.
 
Una de las partes más difíciles de volar es sin duda el aterrizaje, y en un planeador es mucho más problemático debido a la ausencia de motor. Si se falla la aproximación, el vuelo pasará a ser con mucha probabilidad, una estadística. No hay una segunda oportunidad, no existen sobrepasos. Un solo chance y nada más. Por fortuna, los planeadores están diseñados para aterrizar, poco más o menos, en cualquier campo abierto donde el piloto pueda acomodar las súper largas alas. Lo peor que puede suceder, además de asestarle un golpe a algún objeto, es la enorme vergüenza por la que el piloto tendrá que pasar explicando cómo terminó en un parqueadero, o en medio de un partido de fútbol, o en una calle cualquiera.

Un error común en principiantes y pilotos de aviones con motor volando planeadores, es el de iniciar la aproximación con más altura de la debida. Estar muy alto es tan peligroso como estar muy bajo debido a que, entre otras cosas, se corre el peligro de embestir otros planeadores esperando despegar (y por consiguiente matándose y matando unos cuantos más en el proceso, lo cual sería bastante vergonzoso) o aterrizando más allá de los confines de la pista y verse obligado a arrastrar el planeador hasta el área de parqueo. Igualmente, muy vergonzoso.

Por consiguiente, la idea es mantener el ángulo y la velocidad correctos. La mejor forma de mantener el ángulo adecuado es con los spoilers los cuales actúan como frenos aerodinámicos y destruyen el desplazamiento del aire sobre las alas obligando al aparato a bajar rápidamente. La velocidad se controla con la columna de control.

Bien, estamos sobre el perímetro del aeropuerto y tengo que traer este hermoso aparato a tierra sin un solo rasguño y, bajo ninguna circunstancia, arriesgar pasar una vergüenza.

Lista de chequeo:

1.    Viento: Ligera brisa del oeste. No problema.
2.    Velocidad: 50 nudos. (45 recomendado y 5 para mí) Listo.
3.    Trim: Ajustado para aterrizar.
4.    Tráfico: ¡Ojo! veo otro lunático en la pista esperando el remolcador.
5.    Spoilers: Mi sudorosa mano descansa sobre el control preparado a utilizarlos.

Estamos sobre la pista: cincuenta pies… cuarenta… veinte… diez. Inicio el flare, oprimo con el pie el pedal izquierdo para mover la trompa y traerla derecha sobre la pista. Alas niveladas… ¡alas niveladaaas!... mantener dirección con los pies… mantener esta actitud… spoilers medio afuera. ¡Bang! Tocamos pista, un poco duro pero no rebotamos, a Dios gracias. Muevo el control de mando todo hacia el frente. La trompa cae... Saco los spoilers completamente, la velocidad disminuye…
 
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Paramos completamente. El ala derecha cae sobre la hierba. Observo a mi alrededor buscando no sé qué. Me toma unos segundos recuperarme, ¿de qué?, no lo sé tampoco. Abro el dosel pues el calor a esta baja altura es insoportable; la suave brisa me recibe con una caricia en la cara.
 
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Dos asistentes se apresuran a ayudarme. Con el brazo derecho en forma de ele señalado hacia arriba hago un par de movimientos circulares con el dedo índice indicando que iré de nuevo. Tengo que volar una vez más, no todos los días se vuela con las aves.

Mientras espero el remolcador observo a mi hijo José Vicente, con los dedos pulgares hacia arriba, manos extendidas y con una sonrisa de oreja a oreja. Esto me confirma que ya volvió de su vuelo con John, el instructor.
 
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Me preparo para el despegue y mi mente se remonta a los momentos en que, después de halar la perilla amarilla, busqué ansiosamente aquella onda termal y siento brevemente en mí el ave ansiosa por volver al elemento amado. Espero no perder esta emoción jamás.
 
El remolcador retorna y se sitúa en posición de partida, uno de los ayudantes solícitamente engancha la cuerda al planeador mientras que el otro camina hasta el final del ala derecha la levanta y la sostiene nivelada. Todas las miradas están pacientemente fijas en mí esperando la señal para el despegue. Verifico la lista de chequeo por cuarta vez y finalmente vocifero clear acompañado del tradicional pulgar extendido hacia arriba. El ayudante sujetando el ala confirma con su propio pulgar hacia arriba y leo claramente “!have a good one!” salir de su boca. Mi mano derecha se acciona instantáneamente a mi cabeza y le respondo con el saludo militar en señal de gracias.

Seguidamente muevo el timón de cola de izquierda a derecha para dejar saber al remolcador que estoy listo. Con un tremendo rugido el Pawnee inicia el despegue… la cuerda se tensa y una vez más me preparo mentalmente con el procedimiento de emergencia.

Mi mirada se torna al cielo buscando señales que nos ayuden a aferrarnos al aire y prolongar el vuelo.

El planeador ávidamente levanta vuelo anticipando el despegue del remolcador. Los halcones nos esperan…


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